En las aulas de Inmunología solemos enseñar que el sistema inmune tiene memoria. Es una máquina perfecta diseñada para recordar batallas pasadas y anticiparse a los peligros. Sin embargo, a nivel social, parecemos sufrir una profunda amnesia colectiva.
Hace unos días leía una nota que planteaba que “no vacunar es barato, pero sale caro”, enfocando el problema en el gasto de las políticas públicas. Pero como farmacéutica y educadora que vive el día a día de la gestión sanitaria, veo otra realidad en el territorio. Hoy el problema principal no radica únicamente en si el insumo está o no disponible en la heladera; la verdadera alarma epidemiológica está en los vacunatorios vacíos. Las vacunas están, el calendario es uno de los más completos del mundo, pero la gente dejó de ir a vacunarse.
¿Por qué bajamos la guardia? ¿Por qué dejamos que el sarampión, la tos convulsa o la rubéola vuelvan a acechar coberturas históricas que supimos tener por encima del 95% y hoy, de forma alarmante, apenas rozan el 75-82%? La respuesta no está en los presupuestos, sino en la conducta humana y en los sesgos de la sociedad actual.
La trampa del “éxito invisible” y la percepción del riesgo
Las vacunas son víctimas de su propio éxito. Cuando una vacuna funciona bien, la enfermedad desaparece de la vista pública. Al no ver personas con secuelas de polio o niños internados por sarampión, la sociedad empieza a percibir que el riesgo ya no existe. Nace entonces la complacencia: la falsa creencia de que cuidarse ya no es necesario.
A esto se le suma una creciente oleada de desinformación, mitos infundados y, fundamentalmente, la comodidad. Vivimos en una era donde posponer lo preventivo se volvió un hábito. Creemos que la vacunación es solo un trámite escolar para los chicos o una preocupación exclusiva de los adultos mayores en invierno. Olvidamos que el sistema inmunitario de un adulto joven o maduro también necesita refuerzos para mantener activa su memoria inmunológica.
Como docente, siempre le explico a mis alumnos que el verdadero poder de las vacunas no es solo individual, sino colectivo. Cuando decidimos no vacunarnos, o simplemente “nos dejamos estar”, perforamos la famosa inmunidad de rebaño. Dejamos de ser una barrera de contención para convertirnos en un eslabón de contagio. Esa apatía individual genera “bolsones de susceptibilidad” en nuestros barrios, poniendo en riesgo directo a los bebés que aún no tienen la edad para recibir sus dosis o a pacientes inmunocomprometidos. La salud pública no es una sumatoria de elecciones personales aisladas; es un pacto de convivencia biológica.
El rol del profesional en la trinchera sanitaria
Desde la dirección de la carrera de Farmacia en la Universidad Kennedy, insisto firmemente en la formación de profesionales que entiendan su rol social como comunicadores de la ciencia. El farmacéutico no es un mero dispensador; somos los profesionales de la salud más accesibles para el ciudadano en el barrio.
De igual manera, desde la gestión en la Cámara de Vacunas del GCBA, la cadena de frío, la logística de distribución y la seguridad se cuidan con estándares científicos rigurosos para asegurar que cada dosis mantenga su eficacia intacta al llegar al brazo del vecino. La infraestructura técnica está desplegada y los profesionales estamos en la trinchera listos para responder preguntas y derribar mitos. Pero todo este andamiaje científico e institucional queda trunco si la comunidad no cruza la puerta del vacunatorio.
La factura económica y social de la desidia
Cuando una persona elige no vacunarse por dejadez o desconfianza injustificada, asume que el costo es cero. Es un error de cálculo tremendo. Una baja tasa de vacunación satura las guardias de los hospitales públicos, eleva drásticamente las internaciones por cuadros que eran totalmente prevenibles y genera un ausentismo laboral y escolar masivo que golpea la productividad de cualquier sociedad. El costo de tratar la enfermedad, tanto en sufrimiento humano como en recursos médicos de alta complejidad, supera por creces el esfuerzo de caminar unas cuadras hasta el centro de salud.
La inmunización comunitaria es la inversión más costo-efectiva de la medicina moderna, pero requiere del compromiso y la responsabilidad civil de cada uno de nosotros.
Un llamado a la acción desde la ciencia y la docencia
No podemos permitir que el individualismo o la desinformación dicten nuestra agenda sanitaria. Necesitamos recuperar la cultura de la prevención en cada hogar argentino.
Mi recomendación como docente de inmunología y profesional de la salud es simple pero urgente:
Las herramientas están al alcance de la mano. La decisión de usarlas es nuestra. Es hora de volver a llenar los vacunatorios antes de que las enfermedades vuelvan a llenar nuestros hospitales.
Farm. Verónica Gerber
Docente de Inmunología | Directora de la carrera de Farmacia de la Universidad J. F. Kennedy
Farmacéutica a cargo de la Cámara de Vacunas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Facultad de Ciencias de la Salud
Universidad Argentina John F. Kennedy