Para los argentinos, estemos donde estemos, nos es enormemente conocida y respetada la figura del General José de San Martín. Esto no es de extrañar: en nuestras casas, en nuestras aulas, en nuestros museos históricos y en nuestros monumentos destacan su imagen y el recuerdo de su legado. Lo reconocemos colectivamente como el “Padre de la Patria”. Algunos lo citan como el “Abuelo Inmortal” o el “Santo de la Espada”. Otros lo designan, simplemente, “prócer nacional”. Pero ¿qué significa ser un prócer para la Nación? ¿Cómo aplica esto para San Martín?
La palabra prócer proviene del latín procer, -eris, que designa a una persona muy distinguida. Entre los usos actuales de la palabra, su significado se mantuvo para referir a aquellas personas de alta calidad o dignidad. Sin embargo, al hablar de “próceres nacionales”, su definición se vuelve más profunda, pues encierra una serie de implicancias históricas, morales, cívicas y étnicas enmarcadas en un imaginario colectivo que se configura mediante un sistema de valores y experiencias compartidas. La figura del prócer nacional constituye así una idea inspirada por hechos, actitudes y valores importantes para una sociedad. Se utiliza como exemplum o modelo a seguir para la ciudadanía de un país con el fin de inspirar a los habitantes de un pueblo para ser mejores personas y agentes de la cosa pública. El caso de Don José de San Martín se enmarca perfectamente en esta categoría. Su vida, su vocación y su epopeya libertadora se perciben, de esa forma, como el resultado de un esfuerzo protagonizado por su persona. Pero ¿qué se recuerda específicamente sobre él? ¿Qué significa la fecha que nos convoca?
Cada 17 de agosto, conmemoramos como nación el paso a la inmortalidad de San Martín, es decir, la fecha en la que el Padre de la Patria argentina falleció en la lejana Boulogne-sur-Mer en 1850. El fin de su tránsito terrenal representa el punto de partida para recordar en retrospectiva su vida, su forma de ser, sus logros y el impacto de sus hazañas hacia la eternidad. Nacido en Yapeyú, actual provincia de Corrientes, José de San Martín destacó, desde temprana edad, por su dedicación y su agudeza mental en los estudios y en su preparación militar. Su paso por el ejército español, sus luchas y victorias en contra del ejército napoleónico durante la invasión imperial francesa al territorio ibérico a principios del siglo XIX lo enriquecieron de experiencia bélica que no tardó en poner al servicio de su patria. Si bien su próspera carrera militar le había traído comodidad, el Santo de la Espada nunca olvidó su tierra natal y el hambre emancipadora que la inundaba frente al yugo español y la inestabilidad propia por el cautiverio del rey Fernando VII.
Su regreso a las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1812 y su voluntad independentista encendieron los corazones revolucionarios. Pero su rol no se contuvo solo en planes ambiciosos: la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo y el posterior combate de San Lorenzo demostraron que la disciplina, la preparación, el orden y el compromiso son valores que llevan a la victoria; su primera victoria en suelo americano. Tampoco la planificación de la campaña libertadora se limitó al actual territorio argentino: su genio estratégico y político y su compromiso y entrega para con el bienestar del pueblo le permitieron reunir voluntades en un esfuerzo conjunto que posibilitó el Cruce de los Andes para la liberación de Chile y el avance anfibio hacia la independencia del Perú.
No obstante, sus hazañas no fueron solo militares, pues entendía que un pueblo independiente no era solamente aquel que tuviera la fuerza para rechazar avanzadas enemigas, sino el que pudiera pensar libremente. Parte del espíritu de su campaña implicó alimentar la semilla de la educación como una inversión que garantizaría el progreso de los Estados nacientes. De esta forma, la donación de sus propios libros y la fundación de bibliotecas tuvieron un lugar clave entre sus políticas. Su propio sistema de valores lo llevó a rechazar todo honor y tentación de poder que lo favoreciera individualmente. En su lugar, optó por favorecer todo aquello que posibilitara el desarrollo de los destinos libres de cada pueblo. Su ejemplo de liderazgo reunió la voluntad de una comunidad que colaboró con él en la gesta independentista, tanto en la formación del ejército que cruzaría la Cordillera de los Andes como en los esfuerzos institucionales por declararse un Estado libre de las ataduras del reino español, sus sucesores y de cualquier potencia extranjera.
Entonces, ¿por qué conmemoramos a San Martín como prócer nacional argentino el día de su muerte? Porque su existencia nos invita a recordar su legado hacia el futuro y a imitar su ejemplo en vida. En nuestros tiempos, el exemplum del Abuelo Inmortal nos recuerda a los argentinos el carácter originario que nos formó como nación: la laboriosidad, la entrega por el prójimo, la fuerza colectiva por el bien común y el compromiso por forjar un futuro mediante la formación académica de nuestras generaciones para garantizar un destino próspero e independiente. Nosotros, como comunidad educativa, recordamos su figura como referencia de los valores que hacen a la Universidad y que nos inspiran para la formación profesional y personal de docentes, alumnos y directivos. Que esta fecha nos sirva para renovar nuestro espíritu, alimentar nuestras ansias por ser mejores en nuestra misión educativa y aspirar a coronar con laureles el destino de nuestro gran país.
Lic. Franco D’Acunto
Licenciado en Historia y docente
Universidad Argentina John F. Kennedy